Queremos informarles de que mañana seremos asesinados con nuestras familias Philp Gourevitch
Mira, Jacqueline, me van a matar. No sé por qué. Dicen que soy un cómplice del FPR. Esa es la razón porque la que voy a morir, y aquí está mi testamento.
Éste es tan sólo un testimonio más – qué duro- sólo uno más…
A lo largo de estas semanas, de estos ratos libres en los que me sumergí de lleno en la historia de Ruanda, he estado dándole vueltas a los numerosos y posibles comienzos de esta pequeña síntesis, y a cómo encajar en no demasiadas líneas la cantidad de emociones y pensamientos que me ha suscitado esta lectura de Gourevitch. Y al fin, he decidido empezar, con un fragmento de los muchos testimonios reales que se recogen en el libro. Testimonios… reales.
Es necesario comenzar recalcando que, por increíble que parezca, hace ni siquiera una veintena de años, mientras mi madre contaba los días para que yo naciese, en esa parte olvidada del mundo se estaba produciendo una catástrofe que más bien parece sacada de un libro de Stephen King. Y aún más increíble puede o debe resultar, que mientras que con apenas diez años sabemos al dedillo quién -o qué- fue Hitler; sin embargo, no oigamos hablar para nada de otras atrocidades como lo son el genocidio de Ruanda de 1994.
El periodista Philip Gourevitch, a partir de ahora en mi lista de muy recomendados, retrata en esta obra la masacre ruandesa de los noventa a partir de una serie de entrevistas realizadas tan sólo un año después tanto a los supervivientes como a los que fueron partícipes activos en la catástrofe, por así decirlo. Es un intento de plasmar la más cruda realidad de una forma que no puede encontrarse en ninguna enciclopedia: quién mejor que ellos para contarlo…
Además, en Quiero informarles de que mañana seremos asesinados con nuestras familias se realiza un contraste brutal, desde mi punto de vista, entre los meros hechos que puede relatar un manual de historia, y lo que se esconde detrás de ellos, de lo que occidente debería sentirse, como mínimo, muy poco orgulloso.
No mucho antes de la oleada imperialista europea –primero Alemania entre 1897 y 1916, y posteriormente Bélgica- no existía entre hutus y tutsis ningún tipo de enfrentamiento étnico, es más, convivían en relativa armonía y su única seña de identidad diferenciadora era sencillamente sus ocupaciones: agricultura y pastoreo respectivamente. Ambos grupos habían unificado su lengua y su cultura, y además, el sentimiento nacionalista como ruandeses prevalecía muy por encima del étnico. Habría que esperar hasta el siglo XVI para que la diferencia entre ser hutu o tutsi se hiciese notar, con el gobierno de una dinastía tutsi en la que los hutus pasaron a ocupar el papel de vasallos. Pero aún así, esta división no suponía un problema reseñable, ya que la barrera divisoria entre ambos era muy permeable.
Pero, en 1863 surgiría en el mundo occidental una de las que serían las superficiales justificaciones del imperialismo colonial posterior. El explorador británico y descubridor del Río Nilo J. Hanning Speke se sacó de la manga una prejuiciosa teoría antropológica que vendría a dotar de “legalidad” las posteriores acciones de las potencias europeas. Esta vana teoría venía a decir algo así como que la civilización africana había sido introducida en el continente por una raza superior, supuesta descendiente del rey David, de rasgos refinados y parecidos a los occidentales, que estaba por tanto por encima de los primitivos negroides autóctonos.
La Iglesia encontró en esta teoría, como no, una acertada oportunidad para relacionar además a esta raza superior con un primitivo pueblo de “cristianos perdidos”.
Esta teoría causó furor en las concepciones europeas del continente africano, por lo que Bélgica, en su llegada colonizadora a Ruanda, vio muy oportuno recalcar las diferencias étnicas entre hutus y tutsis, para desgranar así el nacionalismo ruandés y hacer más fácil su mandato, tal y como ya había hecho anteriormente Alemania.
Pero en este caso, gracias a la oportuna teoría de Speke, la división étnica en Ruanda estaba clara: los tutsis eran sin lugar a dudas aquella raza superior, mientras que los hutus debían adoptar el papel de inferioridad que les correspondía. Científicos belgas llegaron a elaborar varios informes que corroboraban la teoría, presentando a los tutsis como más altos y de rasgos más refinados frente a los negros de nariz chata. Pero la acción más trascendente de división entre hutus y tutsis por parte de Bélgica se dio entre 1933 y 1934, en la que los ruandeses se vieron obligados a censarse para elaborar un documento de identidad en el que se diferenciaría la etnia hutu o tutsi de cada uno de ellos.
Poco a poco, instigado por estas acciones tan poco éticas por parte de Europa, la escisión étnica y el odio entre hutus y tutsis se fue incrementando –durante un largo periodo de tiempo los tutsis fueron privilegiados por los belgas para velar por sus propios intereses y las iglesias católicas practicaron abiertamente su aversión por los hutus-.
Sin embargo, unas décadas después cambiaron las tornas: la misma Bélgica era un país dividido por motivos “étnicos”, donde una minoría valona francófona había dominado durante a la mayoría flamenca. Los sacerdotes flamencos que empezaron a aparecer por Ruanda después de la Segunda Guerra Mundial se identificaron con los hutus y alimentaron sus aspiraciones al cambio político. Al mismo tiempo, la administración colonial de Bélgica se había colocado bajo la administración fiduciaria de las Naciones Unidas, lo que significaba que sufría presiones para preparar el terreno para la independencia de Ruanda. Los activistas políticos hutus empezaron a pedir el gobierno de la mayoría y una “revolución social” propia. En 1957 se publicó en Ruanda un opúsculo conocido como Manifiesto hutu, que abogaba por la democracia y nuevos partidos hutus comenzaron a surgir arengando a las masas para unirse a su “hutismo”, alentados por los entusiastas belgas.
Es en este momento cuando los enfrentamientos étnicos en Ruanda comienzan a tomar forma, con la Revolución social hutu. A principios de 1960, el coronel Logiest protagonizó un golpe de Estado y sustituyó a los jefes tutsis por jefes hutus. A mediados de ese mismo año se celebraron elecciones municipales y, como los hutus presidían las mesas electorales, ganaron al menos el 90 por ciento de los cargos más importantes.
Sin duda, nadie en Ruanda a finales de la década de 1950 había ofrecido una alternativa a la construcción tribal de la política. El estado colonial y la Iglesia colonial habían hecho que esta posibilidad fuera casi inconcebible, y aunque los belgas cambiaron de bando étnico en vísperas de la independencia, el nuevo régimen que prepararon era exactamente igual que el antiguo, pero vuelto del revés.
Poco después surgió en Ruanda el FPR, el frente de oposición tutsi, que rápido se ganó la fama de grupo terrorista y así, el odio se fue incrementando cada vez más… Hasta el fatídico “desenlace” de 1994. El 6 de abril de este mismo año, el presidente hutu Habyarimana sufría un atentado: su avión había sido derribado y obviamente, el culpado fue el Frente Patriótico Ruandés. Y así, dio comienzo la masacre…
Me gustaría hacer aquí un inciso para reseñar la gran importancia que tuvo la radio en aquel momento, que bajo poder hutu se dedicó a difundir propaganda agresiva contra los tutsis y el 7 de abril de 1994, “ordenó” no tener piedad con este bando étnico: no se debía compadecer de niños ni mujeres, había que aniquilarlos a todos.
Ésta fue la suerte de los tutsis, que en un intento descontrolado por salvar sus vidas trataron de huir allá donde creían que el poder hutu sería menos fuerte, se refugiaron en iglesias –donde muchos de ellos fueron delatados por los propios sacerdotes- o simplemente fueron masacrados cruelmente en sus propias casas, sin recibir amparo de la comunidad internacional.
La fiebre que inundó a la población hutu se tornó tan violenta y despiadada que no es fácil imaginar como padres de familia llegaron a asesinar a sus propios amigos o a delatar a miembros de su propia familia.
Y sin embargo, en nuestro mundo tranquilo quienes podían no movieron un dedo cuando debían. Durante el tiempo que duró el genocidio, ninguno de los gobernantes estadounidenses, usó esta palabra para definir lo que estaba ocurriendo en el país centroafricano. El haberlo admitido les hubiera obligado a intervernir en el conflicto. En su lugar, utilizaron la definición «actos de genocidio» para describir la situación. Pero lo más importante y que más influencia tuvo en el seno de las Naciones Unidas y por lo que no se actuó antes, fueron las continuas discrepancias que Estados Unidos sostuvo con el Secretario General de la ONU en ese momento, Boutros Boutros-Ghali. Las decisiones de este, en varias ocasiones, chocaron de frente con las intenciones del Gobierno estadounidense.
El resultado: más del 75 por ciento de la población tutsi fue brutalmente aniquilada.
Pocos fueron los que hoy pueden contar su testimonio. Estos testimonios son los que recoge Gourevitch en su libro. Testimonios escalofriantes recogidos tan sólo un año después de la masacre, testimonios… reales.







No hay comentarios:
Publicar un comentario