Quiero comenzar esta breve
aproximación a la lírica de Luis Antonio de Villena bajo la advertencia de mi
incuestionable inexperiencia, y por lo tanto, disculpándome por si lo que
desarrollo a continuación debería más bien haberse quedado en el tintero, por
la superficialidad, o la poca profundidad, válgame la redundancia. Dicho esto,
puedo comenzar con la tranquilidad del actor que avisa al público que lo que
verán es “improvisado”.
GIOVANNI
ANTONIO BAZZI “IL SODOMA”
Sólo la calle me hace falta.
En cualquier acera hallo la Biblia.
El ángel que detiene la mano
de Abraham. O el San Juan Joven
que predica en el desierto:
Jordán sus labios y palmeras tiernas.
Lo que yo pinto, por eso, semeja
otra cosa. Pero es la calle sólo,
la realidad absoluta de este reino.
Todo lo demás es decorado,
Simplemente pretexto. Lo que yo
Amo, sobre todo, es la vida, el mundo,
La juventud irrepetible, el momento
De la gracia, cruel y transitorio.
Poco me importa que ciertos familiares
No me saluden. O que de mí se diga
Que bebo muchas tardes con mozos
De cuerda y pajes que se bañan
En el Tíber. ¡Amo tanto la realidad,
Amigo mío, que todos creen que son
Fábulas lo que pinto! Sebastián
Muriente, o la Troya desolada
De la que huye el crinado Eneas.
Pero no hay nada de eso. Ojos
Vistos al azar, cuerpos que amo
En una tarde. Cinturas breves
Que arden como la ciudad aquella.
Soy un ladrón de realidad
Y creo bien que todo arte es rapto.
Por eso me importa más el vivir,
Finalmente. Y de una u otra manera,
El artista, señor, es delincuente.
Giovanni
Antonio Bazzi “il Sodoma”
es definido por la crítica como quizá el poema más teórico de Villena[1], y está incluido en su
poemario “Huir del invierno”, publicado en 1981, y que le mereció el Premio de
la Crítica de ese mismo año. Muchos son lo que coinciden en que este libro,
junto con el anteriormente publicado “Hymnica” (1974-1978), conforman la obra
de madurez de Villena, que si bien ya se había afianzado como una toda una
figura en la lírica contemporánea con su adscripción a la estética de los
novísimos, construye en estos libros una voz que será ya difícilmente confundible.
En “Huir del invierno” se nos presenta un Villena mucho más confesional que
anteriormente, conmovedoramente reflexivo.[2]
Los temas recurrentes de la poesía de
Villena versarán en torno a la juventud y los cuerpos jóvenes, lo que nos
remite ya al erotismo; la belleza, contradictoria pero consagrada como Diosa
para el autor; la homosexualidad, el Sur, el tono vitalista, la creación de
personajes marginales como defensa de la “moral ultrajada” y la inserción de
vivencias e historias personales, la mayor parte del tiempo a través de sus
propios personajes. Su estilo se singulariza por su desenfrenada heterodoxia,
así como la sensibilidad al pasado cultural y artístico, que configuran el
mundo de Villena, que no deja nunca de lado la idea kavafiana de que es necesario vivir
para escribir. Pensemos que la época en la que Villena escribe estos libros se
corresponde con la España franquista, una etapa en la que el tono desenfadado,
erótico y provocador de su poesía suscitan un aluvión de opiniones, favorables
por su atrevimiento o desfavorables por su “falta de decoro”. Y esto mismo es
lo que no haría esperar que le surgiesen también, como a toda figura peculiar,
un rebaño de jóvenes imitadores.
Ahora bien, todos estos ítems que
definen la poesía de Luis Antonio de Villena, pueden encontrarse en mayor o
menor grado en el poema Giovanni Antonio
Bazzi “il Sodoma”, y es la identificación y desarrollo de ellos lo que me
propongo en este breve trabajo.
Puede comenzarse por identificar al
personaje que da título al poema. Giovanni -Antonio Bazzi (1477 – 1549),
conocido como el Sodoma, fue un pintor italiano cuyo estilo se ubica entre el
Renacimiento y el Manierismo. Fue conocido por obras como el fresco de La Escuela de Atenas, parte de la
decoración de la Estancia de la Signatura en el Palacio Vaticano, o Las Escenas de la vida de la Virgen. De
hecho, en una primera lectura del poema
podría parecer que se trata de una especie de écfrasis sobre la pintura de el
Sodoma, citando personajes posiblemente de sus obras de tinte religioso: El ángel que detiene la mano / de Abraham, o el San Juan joven (…) Por esto, puede parecer extraño en un primer
momento, que Villena decidiese dedicar un poema a este personaje, dado que se
dedicaba a la pintura de escenas religiosas y parece a simple vista no encajar
para nada con la personalidad villeniana. Pero al indagar en los pocos datos
biográficos conocidos de este pintor italiano, hallamos uno que nos hace
comprender el por qué de la filia de Villena hacia él. Giovanni Antonio Bazzi
era homosexual, y de hecho, algunos apuntan que su apodo “il Sodoma” se debía a que
declaraba su condición sexual abiertamente e incluso prefería ser nombrado por
ese singular sobrenombre. He aquí uno de los primeros microtemas de la lírica
de Villena: la defensa de la “moral ultrajada”, la presentación de un personaje
marginado por la sociedad (la homosexualidad era condenada en la época del
pintor, al igual que por la sociedad de la España franquista de Villena), por su condición de libertino o amante del
placer. Dice el poema: Poco me importa
que ciertos familiares / no me
saluden. O que de mí se diga / que
bebo muchas tardes con mozos / de
cuerda y pajes que se bañan / en el Tíber. (Se presupone que estos mozos
mantenían algún tipo de relación sexual con el personaje, de ahí, que fuese
marginado o criticado). Éste es uno de
los lazos que se encuentran entre el personaje de il Sodoma y L. A. de Villena:
esa reivindicación de una moral considerada amoral. No deja de ser la
representación del propio autor por medio de la vida o moral de sus personajes.
Es más, el autor siente, en boca de el Sodoma, que el artista (pintor o
escritor en este caso) es delincuente, o se le tacha de ello, porque le gusta el vivir. (Puede entenderse este vivir
con artículo como sinónimo del placer): Por
eso importa más el vivir, / finalmente.
Y de una u otra manera, / el artista,
señor, es delincuente.
En esta misma línea podemos encontrar
otro de los ítems villenianos: su lírica es un producto de una situación vital
y de una experiencia propia, el propio autor está inmerso en sus versos, a
diferencia de los modernistas que creaban sus obras desde una perspectiva más
contemplativa o incluso ajena.[3]
Lo siguiente a destacar tras haber
identificado al protagonista del poema, es que Villena nos presenta un yo
lírico ficticio, en el que es el propio pintor el que habla, Lo que pinto (…) / Lo que yo amo (…), o al menos, eso
parece en una primera lectura. Sin embargo, podría decirse que en una relación
biunívoca el autor se construye a través del personaje: Villena utiliza al
personaje para reflejarse en él, se trata de un espejo en el que se mira y
desde el que se proyecta a sí mismo para los lectores. No es en realidad el
Sodoma quien habla, sino Villena a través de él. Es por esto que David Pujante
define a Villena como el “autor poliédrico”. El yo en Villena es siempre presente: autor y poema se identifican,
mientras que se puede establecer un ejemplo como diferenciador en este aspecto:
en el caso de Rubén Darío se establece en el poema una actitud más pasiva, más
“descriptiva desde fuera”, mediante el uso de verbos en 3ª persona y la
ausencia del yo. (Además, Villena
busca introducir no sólo el yo, sino también el receptor, el tú, en el poema
analizado mediante vocativos: amigo mío,
señor.) Es por lo tanto, el yo de Villena en este poema, un yo ficticio que puede esconder
sutilmente a un yo autobiográfico. Es el propio autor el que parece afirmar el
carácter biográfico de su obra en 1980, poco después de la publicación de
“Hymnica”:
La poesía es para mí (…)
una intensidad. La expresión estética de un momento intenso, de un recuero o de
una vivencia. Tange por un lado, pues, la experiencia, y por otro (porque es
estética y más obviamente por su materia) la cultura y el lenguaje. La
intensidad real debe ser así pulida, asimilada, engarzada (a su tradición, por
ejemplo) precisamente para que sea más intensa. (De Villena, 1980)
Por otro lado, la lírica villeniana se
distingue primordialmente por la adoración de la Belleza, a la que consagra
como verdadera diosa. La belleza es según Villena una entidad casi en sí misma,
llena de contradicciones: cálida, indiferente. Efímera, eterna, magnífica y
perfecta, cruel:
Ella
está arriba, indiferente a todo. Porque la belleza es cálida, pero distante (…) La Belleza te enciende y te hiere. Te roza, quizá, mas te desprecia.
Porque su mundo es efímero y transitorio, y quien lo tuvo lo conoció apenas. La
Belleza es indiferente y magnífica. Desconoce la caridad y la compasión. Es un
fulgor que a veces te roza, y te deja enseguida. Sus dioses mueren pronto. Pero
Ella está arriba, indiferente a todo, escultural, cálida, perfecta (…) De
Villena, “Un tratado helenístico de estética” p.9
Esta visión de la belleza de Villena
la encontramos en los versos del poema, con el sinónimo de gracia: la juventud
irrepetible, el momento / de la gracia, cruel y transitorio. Se trata de la
belleza efímera, la belleza que se tiene en la juventud y que se difumina
rápidamente. Quizá la misma belleza de el Sodoma en sus pinturas. Esa misma
belleza del Dorian de Oscar Wilde, uno de los exponentes literarios de Villena.
Detalle de La escuela de Atenas, Giovanni Antonio
Bazzi
Esta belleza, se encuentra en la calle
(Sólo la calle me hace falta), en la vida misma, en la realidad sensible.
Comentaba Villena en el artículo “Morbo,
transición y calle”:
Lo diario urbanita es típico del
alejandrinismo, su hábitat, y por ello lo que ahí suceda jamás resultará
indiferente. Lo diario –y lo pandémico- es la calle.
El artista se convierte de esta forma
en un voyeur desde dentro, un vividor de la belleza en la calle, la belleza
real, un ladrón de realidad, un delincuente. La belleza es la realidad absoluta de este reino. / Todo lo demás es decorado / simplemente pretexto. Este reino, la
calle, es el mundo real, y no deja de ser la negación del cielo, del otro mundo
cristiano: En cualquier acera hallo la
Biblia. / El ángel que detiene la
mano / de Abraham. O el San Juan
joven / que predica en el desierto:
/ Jordán sus labios y palmeras tiernas.
Es por esto que Villena dice que lo que
pinta (en una primera lectura el Sodoma, y en segunda instancia él mismo a
través de las imágenes de sus poemas) semeja
otra cosa. Pero que es la realidad misma: Lo que pinto, por eso, semeja
/ otra cosa. Pero es la calle sólo, /
la realidad absoluta de este reino.
Por otro lado, Villena presenta en
este poema una oda al vitalismo, a la vida, a la vida terrenal (Recordemos que para escribir hay que vivir): (…) Lo que yo / amo, sobre todo, es la vida, el mundo, (…) Por eso me importa más el vivir / finalmente. (Este vivir
como ya hemos visto, puede referirse también al placer, o de otro modo, el
placer es el verdadero vivir.)
Por último, podemos encontrar un tinte
erótico también en los versos. Se refieren a la pasión de pintor y escritor por
los cuerpos, por la realidad, y el desdén por lo imaginado, por las fábulas,
que no son más que disfraces que ambos ponen a su personalidad y deseos ocultos
y mal vistos. El Sodoma desde su pintura de escenas religiosas, Villena desde
sus personajes. Pero no hay nada de eso.
Ojos / vistos al azar, cuerpos que
amo / en una tarde. Cinturas breves
/ que arden como la ciudad aquella.






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