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El blog de Paloma Álvarez Rodríguez

lunes, 3 de noviembre de 2014

LAS MÁSCARAS DE VILLENA. UN RECORRIDO POR LAS CLAVES DE SU LÍRICA A TRAVÉS DE GIOVANNI ANTONIO BAZZI “IL SODOMA”



Quiero comenzar esta breve aproximación a la lírica de Luis Antonio de Villena bajo la advertencia de mi incuestionable inexperiencia, y por lo tanto, disculpándome por si lo que desarrollo a continuación debería más bien haberse quedado en el tintero, por la superficialidad, o la poca profundidad, válgame la redundancia. Dicho esto, puedo comenzar con la tranquilidad del actor que avisa al público que lo que verán es “improvisado”.

GIOVANNI ANTONIO BAZZI “IL SODOMA”

Sólo la calle me hace falta.
En cualquier acera hallo la Biblia.
El ángel que detiene la mano
de Abraham. O el San Juan Joven
que predica en el desierto:
Jordán sus labios y palmeras tiernas.
Lo que yo pinto, por eso, semeja
otra cosa. Pero es la calle sólo,
la realidad absoluta de este reino.
Todo lo demás es decorado,
Simplemente pretexto. Lo que yo
Amo, sobre todo, es la vida, el mundo,
La juventud irrepetible, el momento
De la gracia, cruel y transitorio.
Poco me importa que ciertos familiares
No me saluden. O que de mí se diga
Que bebo muchas tardes con mozos
De cuerda y pajes que se bañan
En el Tíber. ¡Amo tanto la realidad,
Amigo mío, que todos creen que son
Fábulas lo que pinto! Sebastián
Muriente, o la Troya desolada
De la que huye el crinado Eneas.
Pero no hay nada de eso. Ojos
Vistos al azar, cuerpos que amo
En una tarde. Cinturas breves
Que arden como la ciudad aquella.
Soy un ladrón de realidad
Y creo bien que todo arte es rapto.
Por eso me importa más el vivir,
Finalmente. Y de una u otra manera,
El artista, señor, es delincuente.


Giovanni Antonio Bazzi “il Sodoma” es definido por la crítica como quizá el poema más teórico de Villena[1], y está incluido en su poemario “Huir del invierno”, publicado en 1981, y que le mereció el Premio de la Crítica de ese mismo año. Muchos son lo que coinciden en que este libro, junto con el anteriormente publicado “Hymnica” (1974-1978), conforman la obra de madurez de Villena, que si bien ya se había afianzado como una toda una figura en la lírica contemporánea con su adscripción a la estética de los novísimos, construye en estos libros una voz que será ya difícilmente confundible. En “Huir del invierno” se nos presenta un Villena mucho más confesional que anteriormente, conmovedoramente reflexivo.[2]






Los temas recurrentes de la poesía de Villena versarán en torno a la juventud y los cuerpos jóvenes, lo que nos remite ya al erotismo; la belleza, contradictoria pero consagrada como Diosa para el autor; la homosexualidad, el Sur, el tono vitalista, la creación de personajes marginales como defensa de la “moral ultrajada” y la inserción de vivencias e historias personales, la mayor parte del tiempo a través de sus propios personajes. Su estilo se singulariza por su desenfrenada heterodoxia, así como la sensibilidad al pasado cultural y artístico, que configuran el mundo de Villena, que no deja nunca de lado  la idea kavafiana de que es necesario vivir para escribir. Pensemos que la época en la que Villena escribe estos libros se corresponde con la España franquista, una etapa en la que el tono desenfadado, erótico y provocador de su poesía suscitan un aluvión de opiniones, favorables por su atrevimiento o desfavorables por su “falta de decoro”. Y esto mismo es lo que no haría esperar que le surgiesen también, como a toda figura peculiar, un rebaño de jóvenes imitadores.

Ahora bien, todos estos ítems que definen la poesía de Luis Antonio de Villena, pueden encontrarse en mayor o menor grado en el poema Giovanni Antonio Bazzi “il Sodoma”, y es la identificación y desarrollo de ellos lo que me propongo en este breve trabajo.
Puede comenzarse por identificar al personaje que da título al poema. Giovanni -Antonio Bazzi (1477 – 1549), conocido como el Sodoma, fue un pintor italiano cuyo estilo se ubica entre el Renacimiento y el Manierismo. Fue conocido por obras como el fresco de La Escuela de Atenas, parte de la decoración de la Estancia de la Signatura en el Palacio Vaticano, o Las Escenas de la vida de la Virgen. De hecho, en  una primera lectura del poema podría parecer que se trata de una especie de écfrasis sobre la pintura de el Sodoma, citando personajes posiblemente de sus obras de tinte religioso: El ángel que detiene la mano / de Abraham, o el San Juan joven (…)  Por esto, puede parecer extraño en un primer momento, que Villena decidiese dedicar un poema a este personaje, dado que se dedicaba a la pintura de escenas religiosas y parece a simple vista no encajar para nada con la personalidad villeniana. Pero al indagar en los pocos datos biográficos conocidos de este pintor italiano, hallamos uno que nos hace comprender el por qué de la filia de Villena hacia él. Giovanni Antonio Bazzi era homosexual, y de hecho, algunos apuntan  que su apodo “il Sodoma” se debía a que declaraba su condición sexual abiertamente e incluso prefería ser nombrado por ese singular sobrenombre. He aquí uno de los primeros microtemas de la lírica de Villena: la defensa de la “moral ultrajada”, la presentación de un personaje marginado por la sociedad (la homosexualidad era condenada en la época del pintor, al igual que por la sociedad de la España franquista de Villena),  por su condición de libertino o amante del placer. Dice el poema: Poco me importa que ciertos familiares / no me saluden. O que de mí se diga / que bebo muchas tardes con mozos / de cuerda y pajes que se bañan / en el Tíber. (Se presupone que estos mozos mantenían algún tipo de relación sexual con el personaje, de ahí, que fuese marginado o criticado).  Éste es uno de los lazos que se encuentran entre el personaje de il Sodoma y L. A. de Villena: esa reivindicación de una moral considerada amoral. No deja de ser la representación del propio autor por medio de la vida o moral de sus personajes. Es más, el autor siente, en boca de el Sodoma, que el artista (pintor o escritor en este caso) es delincuente, o se le tacha de ello, porque le gusta el vivir. (Puede entenderse este vivir con artículo como sinónimo del placer): Por eso importa más el vivir, / finalmente. Y de una u otra manera, / el artista, señor, es delincuente.

En esta misma línea podemos encontrar otro de los ítems villenianos: su lírica es un producto de una situación vital y de una experiencia propia, el propio autor está inmerso en sus versos, a diferencia de los modernistas que creaban sus obras desde una perspectiva más contemplativa o incluso ajena.[3]

Lo siguiente a destacar tras haber identificado al protagonista del poema, es que Villena nos presenta un yo lírico ficticio, en el que es el propio pintor el que habla, Lo que pinto (…)  /  Lo que yo amo (…), o al menos, eso parece en una primera lectura. Sin embargo, podría decirse que en una relación biunívoca el autor se construye a través del personaje: Villena utiliza al personaje para reflejarse en él, se trata de un espejo en el que se mira y desde el que se proyecta a sí mismo para los lectores. No es en realidad el Sodoma quien habla, sino Villena a través de él. Es por esto que David Pujante define a Villena como el “autor poliédrico”. El yo en Villena es siempre presente: autor y poema se identifican, mientras que se puede establecer un ejemplo como diferenciador en este aspecto: en el caso de Rubén Darío se establece en el poema una actitud más pasiva, más “descriptiva desde fuera”, mediante el uso de verbos en 3ª persona y la ausencia del yo. (Además, Villena busca introducir no sólo el yo, sino también el receptor, el tú, en el poema analizado mediante vocativos: amigo mío, señor.)   Es por lo tanto, el yo de Villena en este poema, un yo ficticio que puede esconder sutilmente a un yo autobiográfico. Es el propio autor el que parece afirmar el carácter biográfico de su obra en 1980, poco después de la publicación de “Hymnica”:

La poesía es para mí (…) una intensidad. La expresión estética de un momento intenso, de un recuero o de una vivencia. Tange por un lado, pues, la experiencia, y por otro (porque es estética y más obviamente por su materia) la cultura y el lenguaje. La intensidad real debe ser así pulida, asimilada, engarzada (a su tradición, por ejemplo) precisamente para que sea más intensa. (De Villena, 1980)

Por otro lado, la lírica villeniana se distingue primordialmente por la adoración de la Belleza, a la que consagra como verdadera diosa. La belleza es según Villena una entidad casi en sí misma, llena de contradicciones: cálida, indiferente. Efímera, eterna, magnífica y perfecta, cruel:
Ella está arriba, indiferente a todo. Porque la belleza es cálida, pero distante (…) La Belleza te enciende y te hiere. Te roza, quizá, mas te desprecia. Porque su mundo es efímero y transitorio, y quien lo tuvo lo conoció apenas. La Belleza es indiferente y magnífica. Desconoce la caridad y la compasión. Es un fulgor que a veces te roza, y te deja enseguida. Sus dioses mueren pronto. Pero Ella está arriba, indiferente a todo, escultural, cálida, perfecta (…) De Villena, “Un tratado helenístico de estética” p.9

Esta visión de la belleza de Villena la encontramos en los versos del poema, con el sinónimo de gracia: la juventud irrepetible, el momento / de la gracia, cruel y transitorio. Se trata de la belleza efímera, la belleza que se tiene en la juventud y que se difumina rápidamente. Quizá la misma belleza de el Sodoma en sus pinturas. Esa misma belleza del Dorian de Oscar Wilde, uno de los exponentes literarios de Villena.



Detalle de La escuela de Atenas, Giovanni Antonio Bazzi


Esta belleza, se encuentra en la calle (Sólo la calle me hace falta), en la vida misma, en la realidad sensible. Comentaba Villena en el artículo “Morbo, transición y calle”:

Lo diario urbanita es típico del alejandrinismo, su hábitat, y por ello lo que ahí suceda jamás resultará indiferente. Lo diario –y lo pandémico- es la calle.

El artista se convierte de esta forma en un voyeur desde dentro, un vividor de la belleza en la calle, la belleza real, un ladrón de realidad, un delincuente. La belleza es la realidad absoluta de este reino. / Todo lo demás es decorado / simplemente pretexto. Este reino, la calle, es el mundo real, y no deja de ser la negación del cielo, del otro mundo cristiano: En cualquier acera hallo la Biblia. / El ángel que detiene la mano / de Abraham. O el San Juan joven / que predica en el desierto: / Jordán sus labios y palmeras tiernas.  Es por esto que Villena dice que lo que pinta (en una primera lectura el Sodoma, y en segunda instancia él mismo a través de las imágenes de sus poemas) semeja  otra cosa. Pero que es la realidad misma: Lo que pinto, por eso, semeja / otra cosa. Pero es la calle sólo, / la realidad absoluta de este reino.
Por otro lado, Villena presenta en este poema una oda al vitalismo, a la vida, a la vida terrenal (Recordemos que para escribir hay que vivir): (…) Lo que yo / amo, sobre todo, es la vida, el mundo, (…) Por eso me importa más el vivir / finalmente. (Este vivir como ya hemos visto, puede referirse también al placer, o de otro modo, el placer es el verdadero vivir.)
Por último, podemos encontrar un tinte erótico también en los versos. Se refieren a la pasión de pintor y escritor por los cuerpos, por la realidad, y el desdén por lo imaginado, por las fábulas, que no son más que disfraces que ambos ponen a su personalidad y deseos ocultos y mal vistos. El Sodoma desde su pintura de escenas religiosas, Villena desde sus personajes. Pero no hay nada de eso. Ojos / vistos al azar, cuerpos que amo / en una tarde. Cinturas breves / que arden como la ciudad aquella.






[1] “Algunas apreciaciones a Huir del invierno de Luis Antonio de Villena” David Pujante
[2] “Otra lectura de Luis Antonio de Villena”. Fernando G. Delgado
[3] “La poesía de Luis Antonio de Villena” Carmen Bautista Urbano

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